Esta mañana pensé que cuando la editorial termine de imprimir mi libro de cuentos fantásticos, las librerías exhibirán un producto que no será ni verdadero ni falso, o podríamos acordar en que será verdadero pero también falso, y viceversa.
Convencido de que mi creación literaria fluctúa entre los géneros fantástico y autobiográfico, me planteo el dilema del «lugar de la verdad» en mis libros. Hoy, mientras caminaba, consideré que en el intersticio que media entre esas categorías, en esa zona indeterminada donde la esencia de la historia se relaciona con el resto de las cosas, se juega todo el efecto de la verdad… o quizás no, tal vez la verdad está en cada renglón, en todos los lugares y en ninguno, ya que es provisoria, al igual que el poder.
¿Por qué me hago esta pregunta si hace tiempo asumí que la verdad no existe, y mucho menos las absolutas? Quizás porque, a pesar de todo, no podemos evitar buscar lo que responde a nuestra necesidad de vivir. Además, las interrogantes filosóficas admiten respuestas diversas, incluso aquellas que suenan exageradas, como considerar que mi inquietud por encontrar «el lugar de la verdad» en mis relatos fantásticos podría deberse a la creciente dificultad de hallarla «afuera», en una realidad exterior cada vez más distorsionada por el trazo grueso de la posverdad.
Marc Augé argumenta que en la actualidad, la objetividad se ve afectada por la sobreabundancia de información, un torrente imparable de «verdad», ficción y sinsentido. Si esto es cierto, en nuestro mundo, la posverdad ha adoptado la visión de Dostoyevski: «Lo fantástico debe estar tan cerca de lo real que uno casi tiene que creerlo».
Con ironía y tinta agridulce, escribo que en la era de la posverdad, donde lo falso puede ser aceptado como verdadero porque «así lo siento», mis cuentos fantásticos encontrarán su audiencia entre lectores entrenados.
Ariel García
Corrector de textos
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